978-84-7979-367-8 Título
Oraciones fúnebres. "Traduccion de Miguel Rubio."  
Autores Malraux, Andre           
Editorial Anaya & Mario Muchnik  Nº edición  Año  Ene/1996
Colección  Anabasis  Nº colección  Páginas  75 
 
Materias



Clasica ( solo medieval )
Ediciones para bibliofilos

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Reseña del libro
 
 
Bio-bibliografía del autor
Ningún otro escritor contemporáneo ha sido, como André Malraux, testigo del drama de este siglo, testigo e intérprete a la vez, de acontecimientos tan devastadores como la Guerra Civil china y la española, la Segunda Guerra Mundial y las consecuencias y derivaciones de esta última. Como dice Gaëtan Picon, en el libro que le ha dedicado, "él fué uno de los primeros en saber que estábamos condenados al drama y que la tragedia era el irónico y sangriento destino de un mundo que se creía llamado a la felicidad. Él supo que los monumentos de nuestro tiempo no se llamarían tan fácilmente Europa, Paz, Sociedad de las Naciones, Democracia, sino, ante todo, Revolución, Guerra, Campo de Concentración, Tiranía. Él comprendió que el hombre moderno encontrara su desprecio mucho antes de alcanzar su dignidad". Por esta razón, Picon lo considera, entre todos, "el escritor contemporáneo por excelencia", y si bien agrega que no existe ninguna novela contemporánea que refleje su influencia y que son Sartre o Camus quienes dan el tono a la literatura de la Segunda Postguerra Mundial. Olvida Picon, sin embargo, que Malraux fue el precursor de esta literatura, el primero en desprender al hombre de valores que ya no iban a servirle, el primero en expresar la angustia humana ante la soledad y la necesidad de la acción que Sartre, su continuador, iba a traducir por la necesidad de "l'engagement".

Malraux nació en París, el 3 de diciembre de 1901. Hizo sus primeros estudios en cinco colegios diferentes, pues la Primera Guerra Europea obligó a su familia a abandonar varias veces la capital. Los terminó en el Lycée Condorcet e ingresó, a continuación, a la Escuela de Lenguas Orientales, donde estudió sánscrito a fin de dedicarse a la arqueología. Después de publicar un libro de poemas y de contraer matrimonio con Clara Goldschmidt, hija de una familia de origen judío- alemán, se dirigió, a los veintidós años, al Lejano Oriente, con un a expedición que iba a estudiar las famosas ruinas de la civilización Kmer, de la que quedaban restos de templos destruidos en medio de la vegetación de la jungla que había crecido en torno a ellos por espacio de ocho siglos.

A semejanza del Coronel T. E. Lawrence, el conquistador de Arabia, con quien se lo comparó con frecuencia, Malraux supo ganarse el afecto de las tribus anamitas a las que ayudó a defender sus causas contra el indiferentismo de los representantes oficiales franceses. Estos últimos reaccionaron acusándolo de haberse apropiado indebidamente de algunos de los tesoros descubiertos. Una comisión fue designada para seguirle un proceso a Malraux. Al cabo de una furiosa controversia, dicha comisión lo declaró culpable del robo de porcelanas y estatuas que él mismo había desenterrado, y lo condenó a dieciocho meses de prisión en las pestilentes cárceles locales. Malraux apeló de la condena y consiguió que se reabriera su proceso en Francia, después de lo cual fue declarado inocente de todo cargo.

Restablecida su inocencia, Malraux se dirigió a la China, donde el inestable Kuomingtang comenzaba a gobernar sobre un país igualmente inestable. Entre 1923 y 1927, desplegó una furiosa actividad. Editó una revista en Saigón y ayudó a los nativos a publicar periódicos que eran suprimidos por las autoridades. A los veinticuatro años, era secretario general asociado del Kuomingtang para Cochinchina. A los veinticinco, era miembro del Comité de los Doce, del que formaba parte Chiang Kai-Shek y que dirigió la insurrección de Cantón durante la revolución china. Malraux desempeñaba, además, el cargo de comisario de propaganda para las provincias de Kwangsi y de Kwangtun y sostenía con los periodistas extranjeros conferencias de prensa que han sido descritas por Vincent Sheean en su autobiografía "Personal History".

Cuando Chiang Kai-Shek rompió con su aliados comunistas en 1927 y la Revolución China culminó con una crisis de ejecuciones en masa y asesinatos, Malraux abandonó China para unir- se a una nueva expedición arqueológica, esta vez a través de Persia y Afganistán. Al mismo tiempo había comenzado a escribir su primera obra "Tentation de l'Occident" (1926), consistente en cartas comparativas sobre dos civilizaciones y que atrajeron sobre el autor la atención de muchos hombres que buscaban nuevos caminos y nuevas esperanzas.

En los años que siguieron, Malraux dividió su tiempo entre etapas de permanencia en Francia, durante las cuales escribía, y excursiones por el Sur del Asia, Afganistán, el Turquestán chino y la Mongolia. En febrero de 1934 se unió a la expedición del Capitán Corniglio Molinier, y realizó ,un vuelo de 900 millas sobre el Estrecho de Bab-el-Mandeb, para penetrar en las desoladas y candentes arenas del desierto arábigo. El 9 de marzo de dicho año, despachaba des de Djibouti, en la Somalia francesa, el siguiente telegrama al Ministerio de Aviación de Francia: "Hemos descubierto legendaria ciudad de Sabá, encontrando veinte torres de templos al norte de Ruba-al-Khali, también llamado Terreno Vacío. Llevamos numerosas fotografías".

En 1928, Malraux publicó su novela "Les Conquerants" (Los Conquistadores) que lo destacó, según una expresión de la revista "Time", como "la nube más portentosa del horizonte literario francés". Escrita a la manera rápida y nerviosa de un guión cinematográfico, "Los Conquistadores" es una novela cruda y brutal. Es la acción descrita, día a día, de un hombre que actuaba juntamente con escribir. Novela cargada de elementos autobiográficos, ella proporciona la clave de la personalidad de Malraux al cual puede reconocerse en Garine, el tipo del intelectual aventurero e inconformista al que nada en el mundo actual le parece digno de ser amado o defendido, pero que se entrega a la acción por la acción misma; porque a través de ella reafirma su papel de macho en el mundo. Garine es un revolucionario, pero no un revolucionario marxista, sino que trata de resolver en la revolución, un problema meramente individual. "No me interesa que esta sociedad sea transformada", dice. "No es la ausencia de justicia en ella lo que me preocupa, sino algo más profundo; la imposibilidad de dar, a una forma social cualquiera, mi adhesión. Soy asocial, como soy ateo. Todo esto no tendría ninguna importancia, si yo fuera un hombre de estudio; pero sé que a lo largo de mi vida encontraré el orden social y que no podré aceptarlo jamás, sin renunciar a todo lo que soy". La anarquía, no obstante, sólo conduciría al suicidio. Es preciso, por tanto, darse la ilusión de una fe, sin creer necesariamente en ella. "Ligarse a una gran acción, no soltarla más, sentirse intoxicado con ella quizás...". He aquí el programa de acción de Garine, como el de Malraux. En cumplimiento de este programa, se marcha a la China y participa en la insurrección de Canton con el fervor del héroe que cree haber encontrado un oficio a su medida. Realizada esta necesidad, sin embargo, se da cuenta de que ella no era sino una puerta de escape al pesimismo. Para ello ha levantado a las masas, ha movido a unas fuerzas contra otras, ha hecho matar, ha empleado, como sus camaradas, medios despreciables. Y como los enemigos del mundo son esclavos de su propia hostilidad, Garine deberá morir a su vez. Vencido por el paludismo y la disentería, se siente nuevamente obsedido por el absurdo de la existencia, por la inutilidad de todo esfuerzo. "Después de mi proceso - dice - experimenté fuertemente el sentido de la vanidad de toda vida, de una humanidad conducida por fuerzas absurdas. Ahora, esto vuelve... Es idiota, es la enfermedad... Y, sin embargo, me parece que lucho contra el absurdo humano, haciendo lo que hago aquí.

Un héroe inútil, en suma, pero no carente de grandeza, y que debía levantar violentas polémicas en los círculos literatos. León Trotski condenó el escepticismo de Malraux: "Un revolucionario que desprecia la doctrina revolucionaria no vale más que cl curandero que desprecia la doctrina médica que ignora, o que cl ingeniero que desprecia la tecnología". A lo cual Malraux replicó: "Cuando hablo de mentira democrática, de farsas doctrinales, no me refiero a la doctrina, sino al modo estúpido cómo la comprenden y la exponen algunos individuos".

El intelectual aventurero vuelve a aparecer en su novela siguiente, "La Voie Royale" (La Ruta Real, 1931), cuya tesis puede resumirse como sigue: el destino del hombre es la Muerte; pero existe una ruta real para llegar hasta ella. Siguiendo dicha ruta, Claude Vannec se dirige a la China en busca de los templos misteriosos situados en el límite cubierto de junglas de Siam y el "área no pacificada". En su trayecto, conoce a Perken, un aventurero alemán que ha pasado su vida entre las tribus salvajes del interior y está empeñado en la búsqueda de un desertor francés al que persiguen las autoridades de su patria. Claude y Perken descubren un templo con bajorrelieves que se proponen embarcar para vender a los anticuarios europeos y norteamericanos. Pero, junto con sus hallazgos, comienza la lucha, a través de la selva, por retornar a la seguridad y a la fortuna que Vannec persigue, no por la riqueza en sí misma, sino por "el poder de independencia que ésta proporciona y porque el ser pobre le impide a uno escoger a sus enemigos".

Abandonados por sus guías, ambos hombres caen en manos de la tribu salvaje de los Mois. Allí encuentran al desertor que buscaban, ciego y atado a un molino como Sansón. Herido, Perken consigue escapar hacia la montaña en busca de tribus amigas y otro tanto hace Claude. Pero las heridas del primero están infectadas y su destino inevitable es la muerte.

La importancia de "La Ruta Real" está en su contenido interno más que en los episodios exteriores del relato. Como para Garine, el objetivo de Vannec es la aventura, pero no la aventura como "itinerario de fuga", sino la verdadera, la última oportunidad que tiene un alma que siente horror a aceptar la función que le ha sido destinada, "su nicho de perro amaestrado". Naturalmente, al emprenderla, ambos hombres saben lo que al final de ella les aguarda. "No se piensa sin peligro contra la masa de los hombres", reflexiona Vannec en el curso de un diálogo con Perken, quien a su vez, resume su filosofía, que es la de Malraux:

"A veces, me parece que estoy arriesgando todo lo que soy, en un solo momento: el último de mi vida".

"La Ruta Real" debió haber sido el primer tomo de una trilogía titulada "Les Puissances du Désert" (Las Fuerzas del Desierto) que Malraux interrumpió para publicar, en cambio, "La Condition Humaine" (La Condición Humana) que le valió el premio Goncourt de 1933.

A raíz de este premio, y en el discurso de recepción que le correspondió pronunciar, dijo Malraux: "Se ha hecho una norma invariable el pronunciar algunas palabras que no quieren decir nada, después de todo premio literario. Yo he tratado de pintar algunas imágenes de la grandeza humana. Estas imágenes las he ido a buscar entre los comunistas chinos, aniquilados por las tropas chinas, y arrojados en barriles de aceite hirviendo.

"He escrito por estos muertos.

"Que los que hacen primar las pasiones políticas sobre su gusto por la verdad, ni siquiera tomen mi libro. No ha sido escrito para ellos.. .

"A partir de "La Condición Humana", el acto revolucionario aparece bajo otra perspectiva", dice Gaétan Picon. "Más allá de una aventura individual más allá de un símbolo metafísico, es un encuentro de la comunidad humana y la medida de una transformación real de la sociedad. Entre la servidumbre y la muerte,

la acción no es ya un juego solitario y desesperado que ilumina el breve resplandor de una libertad devorante. Ella tiene un sentido positivo, una eficacia

La acción de "La Condición Humana" se desarrolla en Shanghai y Cantón. La novela comienza con un asesinato del cual ha sido encargado Kyo, un terrorista quien va a reunirse en seguida con la mujer que ama, para escuchar de sus labios la confesión de que aquella misma tarde, ella le ha sido infiel. El acto de Kyo permitirá a los obreros apoderarse de un barco cargado de armas y éste será el punto de partida de la insurrección.

Para Kyo, la Revolución es, ante todo, la lucha del hombre contra la humillación que lo abruma. "Pienso que el comunismo hará posible la dignidad para aquellos con los cuales combato", dice al policía que le interroga.

-¿Qué llama Ud. la dignidad? Eso no quiere decir nada.

-Lo contrario de la humillación - replica Kyo. - Cuando se viene de donde yo vengo, ésto quiere decir algo.

Pero la insurrección es abortada y a ella siguen los episodios de la cárcel y la tortura en que Malraux penetra al dominio del sufrimiento físico. Los revolucionarios van a ser arrojados vivos ~ la caldera de una locomotora. El veneno es la única posibilidad de escapar a aquel horror. Uno de los prisioneros posee un frasco, pero no vacila en cederlo a otro que parece más miserable y espantado que él, en un supremo sacrificio y acto de renunciamiento. Mientras Kyo y sus compañeros aguardan la tortura y la muerte, por encima de sus esperanzas frustradas, de la Revolución vencida, sube sordamente el canto de la fraternidad viril, la solidaridad de la multitud invisible que piensa en sus muertes. "Por doquiera los hombres trabajen en el dolor, en el absurdo, en la humillación, se pensaba en los condenados semejantes a aquellos, como suelen rezar los creyentes. En la ciudad comenzaban a amar a aquellos moribundos como si ya estuviesen muertos... Entre todo lo que aquella noche última cubría de la tierra, aquel lugar era sin duda el más pesado de amor viril... Es fácil morir cuando no se muere solo. Muerte saturada de balidos fraternales, asamblea de vencidos en que las multitudes reconocerían a sus mártires, leyenda sangrienta de la que se hacen las leyendas doradas. ¿ Cómo, mirado ya por la muerte, no oír aquel murmullo del sacrificio humano que les gritaba que el corazón viril de los hombres es un refugio para los muertos, que bien vale el espíritu?".

"La Condición Humana" fue adaptada al teatro y represen-

tada en Rusia por la compañía de Mayerhold en el Teatro del Estado de Moscú, y más tarde en París y Londres.

La obra siguiente de Malraux fue "Le Temps du Mépris" (El Tiempo del Desprecio). El héroe es Kassner, un comunista intelectual alemán arrestado por los "nazis" Como no están seguros de su identidad, estos últimos no lo matan, sino que lo encierran en una celda aislada, en un campo de concentración, donde los guardas lo golpean metódicamente. En medio de las tinieblas en que vive, Kassner pierde el rastro de los días. Ignorando si su esposa vive todavía, teme volverse loco y traicionar a sus camaradas. Dominado por este temor, decide matarse. Pero un mensaje escuchado a través de los muros de su celda, que le dice: "Hay que tener coraje", lo hace esperar. Sin explicación alguna, Kassner es puesto en libertad. Luego sabe que un camarada anónimo se lía entregado haciéndose pasar por él. Después de una breve tregua de paz junto a su esposa, Kassner retorna a su trabajo en Alemania y hacia su propia muerte inevitable.

Al estallar la Guerra Civil española, Malraux, siempre inquieto y aventurero, como sus propios héroes, encontró una nueva forma de resolver su necesidad imperiosa de acción, en una de las grandes causas del siglo. Así como antes creyó en la causa de los comunistas chinos, creía ahora en la causa de los republicanos de España. Cuatro días después de estallar la contienda abandonó su cómoda posición en la Editorial Gallimard y organizó, en cl Palacio del Deporte de París, un mitin en que dijo a los asistentes:

"¿ Quién quiere venir conmigo a España, a iniciar una fuerza aérea en favor de los leales?".

Un centenar de jóvenes respondió a su llamado. Había entre ellos idealistas enamorados de la causa, aviadores de la guerra europea apasionados de su oficio y otros meramente neuróticos, ávidos de sensaciones violentas. Malraux seleccionó a los mejores. En España montó ametralladoras en todos los aviones de transporte que los leales habían podido reunir. Al cabo de una semana, hacía frente a las modernas máquinas de los alemanes y los italianos. Realizó sesenta y cinco vuelos sobre territorio franquista, y resultó dos veces herido en choques aéreos. La tarea fue dura. En sus propias filas, los mercenarios desertaron, los neuróticos se desanimaron y muchos de los idealistas fueron muertos. La rudimentaria escuadrilla logró convertirse, sin embargo, en un grupo homogéneo de aviadores adiestrados que reemplazaron a los primeros entusiastas aficionados.

A comienzos de 1937, Malraux se dirigió a los Estados Unidos. En Nueva York dio una serie de conferencias auspiciadas por la revista "The Nation" y recorrió todo el país a fin de recolectar fondos para proseguir la lucha en España donde había conquistado el respeto de los campesinos españoles, tal como hizo antes con las tribus anamitas de la Indochina francesa y los peones de la China.

De su vida y sus luchas en España surgió un nuevo libro apasionado, vibrante, saturado de las angustias que lo obsedían frente al destino humano. Fue "L'Espoir" (La Esperanza), que, más que una novela, es un poema épico en prosa, una sucesión de cuadros heroicos de la guerra española y de discusiones abstractas sobre la misma. Para los personajes que desfilan por sus páginas, la revolución no es un problema económico, sino una revolución por la dignidad humana, por una injuria que es preciso lavar. Como ha dicho Louis Gillet al analizar el motivo principal de este libro, la lucha de clases de estos revolucionarios "no es tanto

conquista del poder como el desquite de las conciencias por largo tiempo humilladas, que no pueden soportar ya el menosprecio. No se trata de organizar el mundo para la felicidad. Se trata de ser nobles o perecer

"La Esperanza" está dividida en cincuenta y ocho episodios y comienza en Madrid con la distribución de armas a los milicia- nos; de allí pasa a Barcelona, donde un anarquista llamado Puig, dirige a trescientos de sus camaradas contra las tropas fascistas. En medio de la batalla, del humo y de la sangre, emergen los personajes principales: el Coronel Jiménez, comandante de la Guardia Civil de Barcelona, un católico que reza en las iglesias que después incendian sus camaradas; Manuel, un comunista que comienza a darse cuenta de lo que es la guerra después de haberse visto obligado a ejecutar a un grupo de rebeldes; Magnin, un comandante francés de aviación, individuo filosófico al que perturban los conflictos surgidos entre los diferentes partidos políticos y que combate aún cuando teme que la disciplina del ejército destruya la libertad que él trata de preservar, y Hernández, un ex oficial que dirige el sitio del Alcázar y es ejecutado cuando Tole- do es recapturado.

Como en todas sus obras, la violencia predomina en "La Esperanza". Como en las anteriores, Malraux escribe principalmente de aquellos instantes en que la esperanza se ha desvanecido, cuando la revolución ha fallado, la fuga ha sido frustrada, cuando incluso el suicidio es ya imposible y sólo queda la certidumbre de la ejecución. ¿ Qué ocurre cuando los hombres saben que van a morir y no pueden nada contra su destino? ~ Qué subsiste cuando la última esperanza se ha desvanecido? ¿ Cómo hacen frente a la muerte? He aquí las interrogaciones que Malraux se plantea. Y he aquí su respuesta a través del héroe de "La Condición Humana , mientras éste aguarda ser ejecutado en medio de un grupo de condenados: "El había luchado por lo que en su tiempo estaba cargado del más hondo significado y constituía la más grande esperanza; ahora iba a morir en medio de aquellos hombres entre los cuales hubiera deseado vivir; iba a morir, igual que todos ellos, porque había dado su sentido a su vida. Pero, ¿ qué valor habría tenido una vida por la cual no hubiera estado dispuesto a morir?".

El estilo de Malraux en "La Esperanza" es más sacudido, más anhelante que en los anteriores, pero está de acuerdo con los acontecimientos y la perturbación e inquietud en que viven sus personajes. Es, como ha observado Marcel Arland, un estilo "a la vez cortado y vibrante; el cuadro más preciso se prolonga y sale de su marco hasta el instante en que surge y crece a su turno un nuevo cuadro. Y a veces todo esto choca, se incomoda, se sobrepone; a veces es sabe que una vuelta del autor sobre sí mismo le ha ahorrado una resonancia de dudosa calidad. Pero se imagina mal una obra escrita con tranquilidad. Malraux, con toda evidencia, encontró su tema y se arrojó sobre él y con él todos sus problemas, sus dotes y sus defectos. Le es necesario saberlo todo, expresarlo todo y resolverlo todo. Se resiste, busca, sin detenerse, el rasgo, la palabra, el pensamiento que conmueven. Su frase se hace nerviosa, breve, aguda, a veces está próxima a la declamación a fuerza de sequedad, o a la oscuridad a fuerza de concisión, o a lo ficticio, debido al empleo de giros populares. Pero la violencia del libro lo arranca todo. Lírico y épico, hace pensar en Hugo, en el Hugo de "Los Miserables" o de "La Leyenda de los Siglos", por ejemplo en la manera de terminar un largo episodio en una forma rápida: "Al día siguiente Aymery tomó la ciudad", o en el empleo oratorio de cierta sobriedad: "Ellos esperaban que reaparecieran los del auto. Los del auto no reaparecieron".

André Malraux residió durante gran parte de la Guerra Civil

española en el Hotel Ritz de Barcelona, donde, en sus ratos de

ocio, además de escribir, filmó una película basada en parte en

su propia novela "La Esperanza" y realizada en compañía del célebre cameraman Luis Page. A algunos estetas que le preguntaron en cierta ocasión cómo pudo escribir en España, en medio de la guerra, Malraux les respondió: "Por la noche oscurece". Y añadió que la torre de marfil no era ya un lugar adecuado para los escritores que tenían, en la democracia, una causa por la cual luchar. "Si sobreviven a la guerra", añadió, "su literatura ganará inmensamente con la experiencia adquirida en la batalla y si mueren, sus muertes constituirán mejores documentos humanos que todo lo que podrían escribir permaneciendo en sus torres de marfil".

Sus propias experiencias, dieron a Malraux el rostro de un hombre golpeado por la vida. Alto, delgado, de pelo castaño y una nerviosidad traducida en continuos cambios de posturas y en "tics" y extraños gestos para subrayar su conversación salpicada de vocablos de los distintos idiomas que llegó a poseer: inglés, alemán, italiano y ruso, al mismo tiempo que el sánscrito y el chino. Al estallar la Segunda Guerra Mundial, se apresuró a incorporarse al ejército francés, en el servicio donde mayores riesgos Podía correr: el cuerpo de tanques. Fue capturado, pero logró escapar a la Francia no ocupada. Su hermano Roland, héroe de la Resistencia, pereció en el campo de concentración de Riquewihr en Alsacia. Después que su segunda esposa Josette Clotis murió en un accidente, Malraux contrajo matrimonio con la viuda de su hermano, Madeleine Jeanne Lioux. La guerra produjo una violenta modificación en los puntos de vista de Malraux sobre la revolución y principalmente respecto al Comunismo. Alejado de este último y de sus militantes, se unió al partido del General de Gaulle, se entregó a su causa con el mismo fervor con que antes lo hizo con la causa china o española. Literariamente, en tanto, había guardado cinco años de silencio, "cinco años durante los cuales su nombre fue raramente citado, en tanto que muchos fingían creer en su esterilidad, o se interrogaban sobre su destino con inquietud", dice Gaetan Picon. Pero, durante este lapso, había continuado trabajando en un libro sobre el Coronel Lawrence titulado "Le Démon de l'Absolu" (El Demonio de lo Absoluto) y, sobre todo, en "La Lutte avec l'Ange" (La Lucha con el Angel), cuya primera parte fue "Les Noyers de l'Altenburg" (Los Nogales de Altenburgo).

De "Los Conquistadores" a "La Esperanza", su obra forma un bloque, agrega Picon "es el primer período. El segundo se inicia con el primer volumen de "La Lucha con el Angel" y con

"El Demonio de lo Absoluto". No es una conversación, una obra, un desmentido lo que los separa, sino un silencio y el tumulto de la historia. Hasta "La Esperanza" es el testimonio profético y una participación febril en el acontecimiento. A partir de "La Lucha con el Angel", sin duda será el testimonio retrospectivo, el testimonio histórico, y cierto desprendimiento, cierto retroceso para tomar distancia, al mismo tiempo que la conquista de nuevas dimensiones del hombre y la plena madurez de su talento".

"Les Noyers de l'Altenburg" es un libro extraño y diferente a los anteriores de Malraux, quien persigue en él la búsqueda de lo fundamental en el hombre. Comienza en un campo de concentración en Chartres, el 21 de junio de 1940 y narra, retrospectiva- mente, la historia del padre de Vicent Berger, el protagonista, un extraño tipo de conquistador e intelectual quien después de recorrer el Afganistán al servicio de Enver Pacha, soñando con crear el Imperio turco del Asia, se había unido a un grupo de intelectuales reunidos en Altenburg para tratar de descifrar el misterio humano, "el misterio" concluye Berger, "que la nobleza que los hombres ignoran poseer, y, por un camino borrado, enlaza, a la parte informe de mis compañeros, con los cantos que enfrentan l~ eternidad del cielo nocturno, con la parte victoriosa del único animal que sabe que debe morir". Después de haber pasado por el "tiempo del desprecio", después de haber buscado aquello que podría hacer su grandeza, 'los hombres han llegado a extraer de ellos mismos, en la prisión de que habla Pascal, una respuesta que llena, si oso decirlo, de inmortalidad a aquellos que son dignos de ella". Al final del libro, las tropas francesas han penetrado en una aldea de la frontera, desocupada por sus habitantes. Berger y sus compañeros acaban de escapar a la muerte y el héroe descubre, por primera vez, la alegría de ser un hombre vivo. "Ahora sé, concluye, lo que significan los mitos antiguos de los seres arrancados a los muertos. Apenas me acuerdo del terror: lo que llevo en mi, es cl descubrimiento de un secreto simple y sagrado.